¿Es necesario enseñar código en las escuelas?

En el primer mundo se habla cada vez más de la necesidad de enseñar código en las escuelas. Artículos de prensa y videos subidos a youtube insisten en lo mismo con cierta majadería: no saber código será el analfabetismo del futuro. Todo parte de una cita de Steve Jobs; el visionario creador de Apple dijo en una entrevista que todo el mundo debería aprender a programar su computador porque con ello se adquiere una nueva forma de pensar. Un entusiasta artículo de The Guardian  reconoce que en el futuro no todos los trabajos requerirán conocimientos de código, pero insiste en que lo importante es capacitar a las nuevas generaciones en una “forma de pensar computacional”. ¿Para qué? Para aprender a realizar tareas complejas y encontrar soluciones (como si el ser humano nunca hubiera tenido que hacerlo hasta ahora). O algo así. ¿Estaremos frente a ese “solucionismo” del que habla, con tanta aversión, Morozov? Branson, en su blog, nos entrega algunas perlas de sabiduria: considera inútil la enseñanza del francés, del latín y de la historia.

Hay un claro dogmatismo en todo lo anterior. Y la voluntad de seducir con una idea extrema y sin matices (en un video aparecen tipos como Zuckerberg postulando el imperativo casi moral de aprender código; todo entretejido con atractivas tomas de las oficinas de Facebook, Google, Pixar y otros lugares rabiosamente informales).

Lo digital atraviesa todo, en este tiempo, pero la vida sigue siendo compleja, y una manera informática de pensar no puede ni rascar esa complejidad. El mundo no se inventó ayer y la informática no lo redefine todo. Esa “forma computacional” de pensar incluso puede resultar reduccionista. Se necesitan “muchas formas de pensar”. El editor de Nature abogaba, en un editorial de hace un par de años, por la conveniencia de que en los colegios se enseñe a razonar científicamente. Perfecto, lo compro. Pero, insisto, hay muchas otras formas de pensar. Hay, además, tipos distintos de inteligencia, como lo demuestra con tanta claridad aquel inglés que en una celebrada Ted Talk refería el caso de la coreógrafa de Cats. El sistema educacional debe amoldarse a esos tipos de inteligencia postergados, para que cada alumno alcance todo su potencial.

Existe un fundamentalismo digital, qué duda cabe. Este fenómeno ha sido analizado con gran penetración por tipos como Jaron Lanier. La cultura digital no puede quedar excluida de la crítica. No todo huele bien allí, no todo es beneficioso. Lanier habla, por ejemplo, de la aniquilación de las clases creativas, obligadas, en estos tiempos digitales, a regalar su trabajo. Otro autor explica los peligros del automatismo. Se están estudiando los efectos psicológicos de los dispositivos digitales y cómo ciertas formas de aplicar la tecnología menoscaban la dignidad humana.

La tecnología le ha facilitado las cosas al hombre, pero también lo ha hecho perder habilidades.

Hay muchos sistemas de pensamiento de los que pueden beneficiarse los niños de hoy. La informática es solo uno de ellos. La filosofía es clave, en especial la ética. Todo lo que existe y vive en la sociedad y la cultura tiene una genealogía intelectual y filosófica. Si tuviéramos desarrollada esa habilidad, nos engañarían menos y sabríamos a quienes tenemos delante y cuando tratan de manipularnos para hacernos comprar o votar. El aprendizaje de idiomas obedece a imperativos más elevados que las necesidades laborales. El inglés es obligatorio, pero también hay muchas razones para aprender francés, alemán, italiano, portugués y aun latín y griego. La enseñanza y la reflexión históricas tienen una urgencia que para mí es incontestable. Si no sabemos ni entendemos lo que pasó antes, estamos condenados a repetir todo, en especial los errores.

Vivir sin cuestionar(se)

Soy, he sido y seré partidario de la cultura liberal. Es la mejor forma de vida inventada hasta ahora. Pero no me engaño: en su interior hay fuerzas oscuras, contrarias a la libertad que tanto pregona. Por ejemplo, ese monstruo autoritario, implacable, peor que diez tiranos juntos: la corrección política. Hay un puñado de “verdades” liberales que no podemos poner en duda sin pagar un precio muy alto. Como no hay incentivo para el análisis y el debate, quienes asumen el ideario y la forma de vida liberal suelen abstenerse de pensar y cuestionar. Esta inacción dialéctica les hace perder las habilidades intelectuales necesarias para el debate racional, por lo que sólo les queda la violenta descalificación del oponente y, en ocasiones, su proscripción.

Las trampas del discurso digital

En los medios de comunicación se ha abierto camino (y está muy cerca de volverse hegemónico) un discurso duro y excluyente referido a la cultura digital, los nuevos medios y los gadgets. Un discurso que, por si fuera poco, promueve cierta neurosis; después de todo, el mundo digital es cambiante y volátil y la consigna es no quedarse fuera.

Acabo de leer algunos artículos de prensa que aseguran que el libro transmedia es la evolución de la lectura, y que los lectores de hoy piden más que un simple texto. Un blogger se pregunta, de manera vergonzosa, qué alturas habría alcanzado Proust con un soporte de este tipo, abierto a lo audiovisual y a la interacción con los lectores. “¿Viviremos enganchados a una obra toda la vida? Imagina lo que hubiera hecho Marcel Proust obligándote a seguir buscando el tiempo perdido. Otra magdalena, por favor, con vídeo y comentarios.”

Qué asco.

Todo esto no puede ser casual. ¿Está dirigida la prensa, el debate en la red? Bueno, no hay que caer en la paranoia de las teorías conspirativas. Lo cierto es que generaciones completas adhieren sin mayores cuestionamientos a la cultura digital, sus modas y sus imperativos de consumo  Y los fabricantes de software y hardware se frotan las manos, mientras un número importante de valores culturales permanentes son rebajados de manera barbárica y luego descartados como cosas de viejos retrógrados.

Ser niño para siempre

En más de una oportunidad me ha parecido que la sociedad de consumo descansa, entre otras cosas, sobre la infantilización del individuo. Todo tiene que ser, hoy por hoy, juguetón y llamativo, desde la portada de un libro hasta la interfaz del último sistema operativo, pasando por los codiciados teléfonos inteligentes, iPad, Kindle, etc., que son puro juego. Todo es una invitación a jugar, y al mismo tiempo una incitación al consumo. Lo concreto es que a los hombres nos cuesta cada vez más madurar. Probablemente ya se ha olvidado por completo lo que es un hombre maduro en el sentido tradicional del término. ¿Es deseable, además, ser maduro? Un libro de Gary Cross, “Men to boys”, analiza el fenómeno de manera esclarecedora y con una prosa en extremo agradable. Se puede enriquecer esta lectura con otras del mismo autor – “An All-Consuming Century: Why Commercialism Won in Modern America”, por ejemplo- y algo de Lipovetzki, tal vez su libro sobre el hiperconsumo.

El relámpago literario

Es un error decir a priori que ciertos autores de prestigio escriben literatura y que otros -por ejemplo, los escritores policíacos- redactan meros productos comerciales. La literatura es un hecho, un relámpago, algo -muchas veces inesperado, no buscado conscientemente por el autor- que sucede en un texto, potencialmente en cualquier texto, ensanchando nuestra percepción. El resto es sociología, como lo prueba Pierre Bourdieu, e importará poco a los lectores de raza.

El fin de la cultura del libro

Este será el año de los tablets, afirma la prensa geek. La consigna, según parece, es matar al iPad. Mientras se desarrolla esta batalla, la industria editorial tiembla. La irrupción del libro digital es una realidad insoslayable. Pero todavía hay demasiadas incógnitas en el aire. La más importante, me imagino, tiene que ver con el lugar que le corresponderá a los e-books en tiempos normales, cuando la agitación del cambio llegue a su fin. ¿Ocuparán un nicho o se transformarán en la forma principal y predominante de publicación, venta y lectura? ¿Sobrevivirán los libros impresos? O, mejor dicho, ¿los dejarán sobrevivir?

En Chile, las librerías de calidad son pocas e inhóspitas; pero en lugares como Nueva York o Buenos Aires perderse en librerías ubérrimas y con olor a café hace que el espíritu sople. Además, es una forma de la felicidad. Ahora bien, en un mundo donde el e-book será el rey, las librerías no virtuales carecerán de sentido. Otro lujo de la civilización que se perderá para siempre. Viviremos en un mundo de textos, no de libros. Textos que perderán una parte de su seducción, porque los libros son objetos bellos y codiciables, gratos a los sentidos, palpables y queribles, y la edición impresa es una puesta en valor, un rescate, una celebración del texto ¿Qué sería de la obra periodística de Joaquín Edwards Bello si sus crónicas no estuvieran siendo amorosamente recopiladas, clasificadas y publicadas –en tapa dura y rústica- por Roberto Merino y la Universidad Diego Portales? Probablemente se las comerían los ratones en un lúgubre subterráneo de la Biblioteca Nacional. Claro, podrían ser digitalizadas y colgadas en un sitio web similar a esas “páginas de autor” que albergan las obras completas de Cervantes, Clarín o Pérez Galdós. Constituirían, sin duda, un fondo inapreciable, pero ¿provocarían la misma curiosidad intelectual y el mismo placer?

La verdad, no estoy optimista. Menos después de leer una entrevista a Peter Olson, ex CEO de Random House y actual académico de Harvard. Increíble: para el tipo, los libros no son importantes, y la cultura del libro es un dato lejano, irrelevante. La prioridad es encontrar un modelo de negocio para los tiempos que vienen. Escuchemos esta perla de sabiduría: “Si los libros desaparecen, nadie los va a echar de menos, excepto las editoriales”.

Tal vez no desaparezcan los libros, pero serán una rareza, “objetos para coleccionistas” como anota Zambra. Su virtud democratizadora desaparecerá junto con la habilidad de leer e interpretar textos largos. El e-book es un objeto secundario, referencial. Para existir, necesita la persistencia de la copia dura; sin ella es una emisión inorgánica. Si el libro físico desaparece, el concepto de libro (y su appeal intelectual) se irá desvaneciendo.

¿Literatura canónica o literatura de género?

Michael Connelly

Hay en mí una contradicción -tal vez no infrecuente entre los amantes de las letras- que no puedo negar, y que de alguna manera debo resolver. Me gusta la literatura seria y la disfruto intensamente; no es algo autoimpuesto sino una determinación de mi paladar. Los grandes autores canónicos son siempre mi primera y sincera preferencia a la hora de leer. Pero debo reconocer que me seduce de una manera muy especial la narrativa de género, particularmente el policial, en todas sus formas. De hecho, envidio a escritores como Michael Connelly o Roger Crais, prolíficos herederos de la tradición Black Mask y del estilo hardboiled. Tienen la suerte de poder dedicarse de lleno a lo suyo, sin los complejos culturales y políticos que suelen determinar (y limitar) el camino creativo de los escritores latinoamericanos.