Brexit: Mirando por el ojo de la cerradura

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No solo se han gastado –y se siguen gastando- océanos de tinta en el tema del Brexit, sino que numerosos medios de comunicación lo han transformado en una suerte de sección permanente. Entre lo poco o mucho que he podido leer al respecto, me llamó poderosamente la atención un largo artículo testimonial de Peter Pomerantsev.

De ascendencia rusa y criado en U.K., Pomerantsev es un tipo peculiar. Ha trabajado como productor de TV y escribe regularmente en The New Yorker y otras revistas de prestigio intelectual. Probablemente no me habría detenido en ese artículo si su libro “Nothing Is True and Everything Is Possible” no hubiera sido una de mis lecturas favoritas del año pasado. Son unas memorias prematuras, en las que Pomerantsev, un poco al estilo gonzo, refiere su estadía en la Rusia postsoviética, donde trabajó produciendo documentales para la televisión local. Decir que el cuadro que pinta es surrealista sería poco. Borges sostenía que nadie es imposible en la literatura rusa: “suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad.” Pomerantsev propone una fauna aún más colorida. Chicas hermosas (conocidas como gold diggers) que sueñan con echarle el lazo a algún magnate de la corte de Putin, y que para ello toman clases en unas curiosas academias de seducción. Un poderoso gánster que dirige películas de acción y que en vez de actores usa a sus propios matones, con armas de verdad (cargadas). Un niño con serias limitaciones intelectuales que por su obesidad extrema se ha transformado en celebridad televisiva, haciendo prosperar no solo a sus padres sino también el pueblo en el que vive, cuyos habitantes, cada vez que lo ven, le regalan dulces para que no pierda peso. Bandas de motociclistas místicos con las que Putin se ha aliado para revitalizar la idea de la Rusia Sagrada que salvará al mundo de la degeneración occidental.

El artículo de Pomerantsev no era realmente sobre el Brexit, pero aludía al tema de una manera tangencial, casi involuntaria, que me resultó mucho más esclarecedora que los sesudos (horrorizados) análisis de The Economist, Prospect y gran parte de la prensa liberal. Pomerantsev relataba su infancia en Munich, en uno de esos colegios plurinacionales creados especialmente para hijos de burócratas de la Unión Europea. Por lo que se lee, fue una experiencia fuera de lo común. La idea de identidad nacional debía soportar el embate de extraños programas académicos e insólitas dinámicas de grupo. Crónicamente distanciados del terruño, muchos alumnos terminaban convertidos en caricaturas nacionales (el inglés flemático, el francés mujeriego e intelectual, el italiano operático y gastronómico, etc.). Lo curioso es que el artículo, al menos en su parte final, quería exaltar la idea de un Reino Unido multicultural e integrado al continente (ese que Kazuo Ishiguro, flamante premio Nobel de literatura, pedía desesperadamente que le devolvieran, al día siguiente del malhadado referendo), pero terminaba sembrando dudas –y no pocas- sobre la viabilidad y conveniencia de una Europa unificada.

Las claves para entender la política y el mundo de hoy se han vuelto más complejas y sutiles. Los análisis que encontramos en la prensa suenan razonables e ilustrados, pero están plagados de prejuicios y puntos ciegos, y tienen cada vez menos capacidad para predecir, o al menos avizorar, escenarios futuros. La elección de Trump les explotó en la cara a los medios más prestigiosos de Estados Unidos, y aun así tomó tiempo que aceptaran la realidad.

Es muy posible que el trabajo periodístico químicamente puro ya no exista o, en el mejor de los casos, sea la excepción. Sacar a la luz lo oculto siempre ha sido peligroso, pero hoy da la impresión de que además fuera incompatible con la estructura psicológica y los fines de las audiencias de este milenio. La función social de la prensa ya no sería informar, sino crear consensos. Para percibirlo con claridad, basta examinar lo que se escribe sobre tecnología. A todas luces, se trata de periodismo militante, funcional al consumo de gadgets (en el estilo casi etológico de David Pogue), o francamente utopista o milenarista, contando los segundos para el advenimiento de la Singularidad y profetizando la supremacía de la A.I. en la aurora de una nueva sociedad sacada de novelas de ciencia ficción y de los sueños húmedos de los geeks de Silicon Valley.

Hace falta una nueva mirada y un nuevo método, cuando no una nueva ética. Lo que hizo The Atlantic me parece que va por el camino correcto. Poco después de las elecciones norteamericanas, la revista, con la ayuda de un think tank, realizó una amplia encuesta en el sector que logró inclinar la balanza a favor de Trump, es decir, los blancos de clase trabajadora y sin educación universitaria. Las conclusiones fueron sorprendentes. Las ansiedades de estos electores eran menos económicas que culturales. Confesaban que a menudo se sienten como extranjeros en su propio país. El estudio era, en realidad, un ojo de cerradura que permitía mirar la verdadera fisonomía de una sociedad que lleva años sometida a los rigores de una cruenta guerra civil cultural, contienda no ajena a los imperativos del mercado y que ha llevado incluso a labios de celebridades, actores y cantantes las soflamas más encendidas de la lucha social (Beyoncé homenajeando a las Panteras Negras en un concierto multitudinario; una Madonna otoñal tratando de limar su perfil feminista al desclasificar el sexismo que habría sufrido durante su carrera; comediantes incorrectos como Jerry Seinfield y John Cleese negándose a dar charlas en campus universitarios, donde se boicotea todo lo que los SJW no desean escuchar).

Los periodistas-ideólogos se esfuerzan en que todo encaje armoniosamente en un relato coherente y ligeramente melodramático, con villanos bien identificados y polaridades no indignas de Star Wars. Los periodistas lúcidos y escépticos, en cambio, avanzan como pueden por carreteras llenas de baches y trampas mortales, siempre conscientes de que eso que llamamos realidad no es sino un amasijo de paradojas, trenzas de poder y víctimas inocentes. Es un trabajo duro y peligroso, pero imprescindible. No podemos darnos el lujo de que se convierta en un arte perdido.

 

 

 

 

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Relaciones peligrosas: periodismo y redes sociales

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Hay pasajes del libro “Humillación en las Redes”, de Jon Ronson, que perfeccionan el horror de cualquier novela de Stephen King. Pienso, concretamente, en las desventuras de Justine Sacco, que, con la progresión accidentada y la lógica incierta de las pesadillas, culminaban en un brutal linchamiento en Twitter. Es un ejemplo perfecto de lo que los anglosajones llaman “cautionary tale”. ¿Cuál era la moraleja? Que en las redes sociales hay que andar con pies de plomo, y evitar comentarios que puedan interpretarse erróneamente. De lo contrario, se abrirá, para el pobre desafortunado, el infierno en la tierra.

Sabemos poco de las redes sociales. Llegaron y crecieron con demasiada rapidez. La información personal que les entregamos es excesiva, y los estudios son insuficientes. La ordalía de Justine fue una tormenta perfecta, un fatal alineamiento de astros que podría repetirse en el momento menos pensado. La humillación digital suele vivirse como una tragedia privada, y rara vez sobrepasa los círculos familiares y de conocidos. Justine, en cambio, se enfrentó a un brote de efervescencia social sin fronteras. Estaba en un vuelo comercial hacia Sudáfrica, envió los 140 caracteres fatales y al bajarse del avión su mundo se había derrumbado. Ya no tenía trabajo, el hotel en el que iba a alojar se negaba a recibirla y su nombre había sido cubierto de infamia a lo largo y ancho de la red. Nunca se recuperó.

Para el ciudadano corriente, la actividad en redes sociales suele no tener consecuencias indeseadas. Pero el acoplamiento ocasional, probablemente fortuito, de Facebook y Twitter con elementos y fenómenos provenientes de otros ámbitos puede producir un violento efecto multiplicador y de megafonía capaz de enardecer los ánimos e incendiar la pradera. En el caso de Justine -acusada injustamente de racismo- incidieron el permanente pánico moral de quienes profesan la corrección política y lo que Ronson, recordando las antiguas ejecuciones públicas, llama “democratización de la justicia”, ahora en manos de quienes antes de internet no tenían voz.

Es curioso observar que la maltrecha prensa tradicional es otro elemento que potencia –y no poco- el efecto de las redes sociales. Se trata de una paradoja mayor. Se supone que Internet le dio un golpe de muerte al periodismo clásico. Actualmente, tres meses en Buzzfeed pesan más en un CV que 15 años en El País, The Guardian o The New York Times. Las audiencias aún quieren noticias, pero ya nadie está dispuesto a pagar por ellas. Mientras tanto, el avisaje baja y los despidos aumentan. Ha sido un largo desangramiento que aún no termina.

La academia y las organizaciones informativas llevan más de una década tratando de reinventar el periodismo y de encontrar un nuevo modelo de negocio. Todos están de acuerdo en que el lugar en que el fénix renacerá de sus cenizas será, precisamente, internet. Se han intentado nuevos enfoques y formatos inéditos, e incluso narrativas supuestamente innovadoras que se benefician del potencial audiovisual de la red y del posicionamiento satelital. Lo cierto es que estos alardes de creatividad aún no producen nada verdaderamente revolucionario. El grueso de la estrategia digital de los medios sigue centrada en las redes sociales, y esto ha creado una relación asimétrica entre estos dos universos. Los beneficios para las organizaciones informativas son cuando menos dudosos, y en los acuerdos, que se renuevan periódicamente contra un fondo inestable de incesantes cambios tecnológicos, las redes suelen llevarse la parte del león. Facebook y Google siempre están modificando sus algoritmos y sus criterios, y ello tiene consecuencias inmediatas para los medios, que quedan desfasados. La filosofía informativa de las redes sociales es muy distinta de la de los medios. Facebook quiere entregarles a sus usuarios “las noticias que realmente les interesan”, esto es, información a la medida y sugerencias de lectura en una línea que reafirme su ideología personal y sus visiones. El periodismo tradicional, en cambio, se esfuerza por entregar las noticias que las audiencias deben conocer, más allá de que les interesen o no. En las redes, el periodismo ya no es una función social.

Ronson sostiene que el tono de la prensa tradicional hacia las redes sociales es de temor reverencial. Las han elevado a fuente de primerísima importancia. Para no pocos, constituyen la verdadera opinión pública. Todos los días se nos informa que tal o cual tema “incendió las redes sociales”. Casi siempre se trata de asuntos menores, sin ninguna trascendencia. Se habla de las redes sociales como si se tratara de una voz única, olvidando la extraña y opaca composición de las mismas. El caso de Twitter es más incierto aún. Los trolls y toda la diversa fauna de fustigadores suelen ser anónimos, y el robo de identidad es pan de cada día (los famosos deben soportar decenas de cuentas apócrifas).

Tal vez sea poco realista proponer que la prensa de calidad se independice de las redes sociales. Pero es urgente que evite el contagio ideológico y retome sus tradiciones y valores permanentes. Entre otros, la defensa de la democracia y el compromiso con la verdad.

No es necesario reinventar la rueda. El periodismo puede beneficiarse de los adelantos tecnológicos pero no depende completamente de ellos. Las armas del periodista siguen siendo las mismas de épocas más gloriosas: el intelecto, el rigor, la honradez y la pluma. Y, sobre todo, la voluntad de investigar, de sacar a la luz lo oculto, sin importar el costo personal.

 

 

La guerra contra el canon occidental

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Hace algunos años, New South Books publicó en Alabama una nueva edición de “Huckleberry Finn”, la obra maestra de Mark Twain y uno de los libros más importantes de la literatura norteamericana. La novedad estaba en la supresión de la palabra “nigger” (que aparecía más de 200 veces) y su reemplazo por “slave”. El académico responsable de la edición -Alan Gribben, especialista en Twain- argumentó que en los más de 20 años en que había enseñado la novela, el carácter ofensivo y racista de esta palabra se había agudizado hasta niveles inaceptables para la sensibilidad contemporánea. Un colega indignado sintetizó la lógica de Gribben de la siguiente manera: “Si un libro no se ajusta a mi método de enseñanza, modifico el libro y no el método”. Gribben olvidó, sin duda, que los textos literarios también son fuentes históricas, y que cualquier enmienda o interpolación equivale a falsear el pasado.

Desatada la polémica, la voz de la razón logró imponerse al ensordecedor chicharreo de la corrección política, pero la tendencia que hizo posible este extemporáneo acto de censura se ha fortalecido desde entonces. En realidad, no se trataba de un fenómeno nuevo. Ya en 1994, Harold Bloom había denunciado, en el prólogo de “El Canon Occidental”, la guerra que, a su juicio, la academia norteamericana había declarado a lo más granado y perdurable de nuestra tradición literaria. Bloom apuntaba con su dedo acusador a lo que él mismo bautizó como “la escuela del resentimiento”, una amalgama de feminismo, estudios queer, multiculturalismo y otras disciplinas posmodernistas, que, marinadas en ese exótico aderezo que algunos llaman Teoría Francesa, ha ido ganando poder en los departamentos de literatura de las mejores universidades del mundo. Según los promotores de esta corriente, el canon estaría determinado menos por el genio literario de sus miembros ilustres que por las injusticias sociales de cada época y el sempiterno privilegio blanco y patriarcal. Con la intercesión de Derrida, este consenso podía (y debía) deconstruirse. Bloom experimentaba convulsiones febriles al enterarse, por ejemplo, de que en algunos departamentos de inglés se estaba equiparando el mérito de Shakespeare al de algunos exponentes del hip hop.

El fenómeno es demasiado complejo para despacharlo en unas pocas líneas. Solo su genealogía intelectual requeriría la holgura de un libro. Invocando divinidades más antiguas (Nietzsche, Marx, Freud), Paul Ricoeur rescata la idea de un radicalismo materializado no solo en la acción sino también en la argumentación: lectura militante, hermenéutica de la sospecha; sacar a luz –aunque sea con fórceps- todo lo que hay (¡tiene que haber!) de ominoso y elusivo en los textos y en su relación insoslayable con la realidad social. Y sálvese quien pueda.

Es posible que no lleguen a imponerse versiones sanitizadas de los clásicos, aunque, hoy por hoy, no es raro encontrar, en las primeras páginas, severas advertencias para prevenir que millenials hipersensibles se ofendan por el presunto racismo de Scott Fitzgerald, el furor imperialista de Rudyard Kipling o el sexismo hidrofóbico (y, próximamente, ilegal, en gran parte de la OCDE) de Henry Miller. Para mí, el peligro de “radicalización deconstructiva”, por así decirlo, es menor que el de la mera trivialización. El que no lo crea, que le eche una mirada a la nueva edición crítica de las obras completas de Shakespeare publicada este año por Oxford University Press. Su método y su tono son una radiografía de la crisis que he intentado delinear aquí.

Por suerte, The London Times fue inclemente con los editores responsables, en especial con Gary Taylor. Baudelaire lamentaba que el legado de Poe quedara en manos de personas que en lo sucesivo no harían sino difamarlo. Aquí, la figura parece repetirse. En 1989, Taylor publicó “Reinventing Shakespeare”, libro en el que sostenía sin ambages que el estatus literario del “cisne de Avon” se debe no solo a la grandeza incuestionable de sus tragedias, comedias, dramas históricos y romances, sino también a la mitificación de su figura, labor en que se habrían empeñado por siglos numerosas instituciones culturales, en desmedro de otros talentos de la era isabelina. “Shakespeare era una estrella, pero no la única en nuestro firmamento literario”, anota.

Taylor es, qué duda cabe, un hombre de este tiempo. Se jacta de haber llevado a Shakespeare a la era de la información y del “big data”. Una de las decisiones más polémicas (dictaminar que no menos de 17 obras del bardo fueron escritas en colaboración con tipos como Marlowe, Jonson y Fletcher, entre otros) se funda en una curiosa estilometría potenciada por algoritmos informáticos.

La erudición rigurosa y pertinente, que era el sello de las ediciones anteriores (y que sobrevive en publicaciones rivales como “The Norton Shakespeare”, celebrada por el Times), despareció en favor de un discurso de rasgos festivos que se asemeja al de aquellos profesores buena onda que quieren conectarse con sus alumnos y hablar su idioma. En dos prólogos indignos de la ocasión, Taylor se pregunta (muy a tono con cierta variedad de posmodernismo farandulero que no deja de proporcionar temas, categorías y conceptos a la academia) “¿por qué leer a Shakespeare” o, peor aún “¿por qué leer a hombres blancos muertos cuando podemos ver películas?’”.

Los trabajos críticos fueron reemplazados por un magazinesco potpurrí de citas, en que, entre otros aciertos, se nivela el juicio de autoridades reconocidas con los exabruptos autoindulgentes de figurillas mediáticas (“Shakespeare sucks”, dictamina el locutor radial Ira Glass), y se celebra la contribución de cierto montaje de “Medida por medida” al debate de los baños transgénero.

Solo cabe citar de nuevo a Baudelaire: “Debería dictarse una ley que impida que los perros entren en el cementerio”.

Sabias palabras.

 

 

Deterioro lingüístico: una enfermedad social

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En Chile hay una grave crisis del lenguaje. Para ser justos, no somos los únicos; se trata de una crisis a escala hispanoamericana. Si no fuera así, Alex Grijelmo, uno de los últimos cruzados de la lengua, no habría escrito esa imprescindible “Defensa Apasionada del Idioma Español”. Allí analiza el problema con ejemplos tomados de España, que resultan aplicables a la mayoría de las repúblicas latinoamericanas y ciertamente a Chile. Entre muchas otras cosas, el autor describe una cierta actitud descuidada, negligente, irreverente incluso, hacia la lengua. Uno de los primeros síntomas sería la pérdida de la vergüenza.

En el ancho mundo hispánico, hay cientos de miles -tal vez millones- de personas que no sienten el menor rubor al, por ejemplo, redactar un mail lleno de errores gramaticales y faltas de ortografía. Entre los jóvenes, la pobreza lingüística se esconde tras los imperativos de la tribu, uno de los cuales es la escritura criptográfica y abreviada del chateo en las redes sociales y la mensajería instantánea. Cada vez más populares son los acrónimos de origen anglosajón, que se repiten de manera mecánica y enigmática (“LOL”, por ejemplo, ha llegado a ser casi una palabra más, desvinculada de su significado original: “Laughing Out Loud”. Un artículo de The New Yorker asegura que los acrónimos se han transformado en una exportación no tradicional del gigante del norte).

En Chile, los vicios del lenguaje alcanzan proporciones absurdas. Ignoro si el titular de cierto juzgado de Puerto Montt seguirá rechazando escritos mal redactados. No se trataba de inocentes errores de digitación o de la ausencia de algún un tilde travieso, sino de escribir “taza de interés” por “tasa de interés”, “seda el paso” por “ceda el paso” y (de antología) “mato grosso” por “grosso modo”, entre otras lindezas indignas de profesionales universitarios.

En ámbitos laborales top, puede resultar perdonable que alguien asesine la lengua en un currículum (tal vez ni los mismos examinadores se darán cuenta), pero pronunciar como “sh” la “ch” (porfiada herencia de los andaluces) producirá una eliminación inmediata. Mientras tanto, las capas aspiracionales, en vez de cultivarse y leer buena literatura, se abalanzan a adquirir libros como “Cuicoterapia” de Josefina Reutter, que incluye amplios glosarios de expresiones comunes entre la gente de apellido vinoso, así como repertorios (nunca completos, lamento decirlo) de aquello que debería evitarse a todo trance. Lo curioso es que muchas de las expresiones prohibidas son irreprochables desde el punto de vista gramatical y lexicográfico. (Raúl Ruiz ha observado que en el campo profundo de Chile persiste increíblemente un español bien estructurado e incluso decoroso.)

El deterioro lingüístico es, en el fondo, deterioro del pensamiento, de la cultura, de la civilización. Al analizar la “Historia Augusta”, Marguerite Yourcenar propone que el fin del mundo romano ya estaba anunciado en el lenguaje usado por esos historiadores menores, incompetentes, prejuiciosos y carentes de método. ¿Qué anuncia nuestra actual miseria verbal? Casi da miedo preguntárselo.

El psiquiatra Otto Dörr teme que la cada vez más acentuada coprolalia de la juventud chilena pueda devenir una tara colectiva, definitiva, incluso verificable a nivel neurológico. Algunos lingüistas jóvenes han intentado refutar a Dörr con argumentos contrarios a una visión normativa de la gramática; advierto en esos esfuerzos un intenso olor a ideología y progresismo cultural (y un amor inconfesable a los sociolectos marginales, especialmente el coa).

La farandulización de nuestra cultura es una consecuencia directa de la decadencia lingüística. En Chile, el ciudadano que se expresa bien, que está informado, que conoce el origen y la historia de las cosas y puede citar de vez en cuando un libro o un artículo periodístico, es rotulado de inmediato como “latero” o “siútico”. En la farándula y la tele-realidad, nada de ello se necesita: reírse como idiota y rebuznar algo medianamente inteligible, con los coloquialismos al uso, basta y sobra para hacerse famoso, sin olvidar el poder corrosivo de la injuria, la calumnia y las revelaciones escandalosas.

En la política, la relación con las palabras, sobre todo desde el punto de vista semántico, no pasa por un buen momento. Esta administración ha hecho poco por mejorar las cosas; en efecto, cada cierto tiempo los analistas políticos se ven obligados a realizar verdaderas operaciones cabalísticas para desentrañar el significado de algunas cuñas de la Mandataria (aquello de “Mi primer sentido fue que partamos por la educación pública” ya ostenta la categoría de clásico en la materia).

Pero no nos preocupemos tanto. La mayoría no da un peso por estas sutilezas.

 

 

Las inciertas fuentes del horror literario

 

 

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Mariana Enríquez, escritora argentina del género de terror

 

A sus 70 años, el corpus narrativo de Stephen King es considerable, casi abrumador: 60 novelas y cientos de cuentos y relatos cortos. Ni siquiera sus problemas de visión lograron afectar su productividad. Su larga relación con Hollywood -que comenzó en 1976 con “Carrie”, dirigida por Brian de Palma- tampoco ha decaído. Al contrario, está mejor que nunca. Este año se estrenó una versión cinematográfica de “The Dark Tower” y una segunda adaptación de “It”. Stephen King también la está rompiendo en el cable y los servicios de streaming, con una serie de 10 capítulos basada en su policial “Mr. Mercedes”, y otra (no muy apreciada por la crítica) inspirada en “Castle Rock”. Y suma y sigue.

Según The Economist, el éxito literario y audiovisual de King es consecuencia directa de su habilidad para identificar las ansiedades colectivas de cada época. “Mr. Mercedes” comienza con un automóvil atropellando a mansalva a una multitud de desempleados que hacen fila frente a una fábrica. Imposible no relacionarlo con el modus operandi de los recientes atentados de Isis en Europa.

Un anclaje aún mayor en la realidad social tienen los relatos de terror de la argentina Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), discípula confesa de Stephen King. La autora de “Cosas que Perdimos en el Fuego” está en el mejor momento de su carrera. Editada en toda Hispanoamérica por Anagrama, actualmente negocia los derechos de traducción a una veintena de idiomas. Los relatos de Enríquez buscan el escalofrío y el mal en horrores reales, documentados, históricos: la violencia política, la desigualdad económica, las víctimas de las dictaduras, la drogadicción y toda clase de lacras sociales. El horror se confunde con el pesimismo social y la elegía de la eterna decadencia de la república. En “El Chico Sucio”, una joven introvertida de clase media se muda a un viejo caserón en el peligroso conurbano de Buenos Aires. El barrio es un zoológico humano: toxicómanos sin techo inyectándose en plena plaza, y el asalto con violencia y la prostitución callejera a la orden del día. La joven se prenda de un niño vagabundo que malvive en una casucha con su madre adicta y embarazada. Esta lo descuida, y a veces desaparece por varios días. La única redención para estos y otros desposeídos es la religiosidad popular, que se manifiesta principalmente en grutas y animitas. Se las encuentra en cada esquina y son de distinto signo. Algunas, emplazadas en lo más profundo y lúgubre de una estación de trenes abandonada, tienen que ver con divinidades oscuras, malos deseos y cultos secretos vinculados a gente perdida. Una noche, la joven se da cuenta de que el chico ya no está. Encuentra a la madre apoyada en un árbol, inyectándose y sin la panza de embarazada. Es un ser horrible, desnutrido, con las encías sangrantes, un espantapájaros que huele a hambre y a fármacos, “a muerte química”. Pelean, forcejean y la adicta arranca con una agilidad sobrenatural. Antes de perderse en la oscuridad, se vuelve y, bajo la luz malsana de un farol, sonríe horriblemente y declara que entregó a sus hijos ¿A quién, o quiénes?

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Mariana Enríquez también reconoce una deuda con la ahora revalorizada Shirley Jackson (1916-1965). En esto la acompaña una decena de autores anglosajones actuales de primera línea, partiendo por Niel Gaiman (“American Gods”) y el mismo Stephen King. En el prólogo de una antología de los mejores cuentos de Jackson, su marido, el crítico Stanley Edgar Hyman, asegura que relatos de enorme repercusión mediática como “The Lottery” no fueron fruto, como se dijo en su momento, de temores irracionales y fantasías neuróticas de su autora, sino el producto tenaz de profundas reflexiones en torno a temas como los campos de concentración, la Guerra Fría y la amenaza nuclear. Si su marido estaba en lo cierto o no, nunca lo sabremos. Shirley Jackson no daba entrevistas, y confiaba en que sus textos hablarían por sí mismos, sin intermediarios, a sucesivas generaciones de lectores. Personalmente, me seduce más la tesis de los temores irracionales y las fantasías neuróticas.

El horror es una experiencia esencialmente subjetiva, individual. Por lo mismo, no tiene, necesariamente, una relación de causalidad con el mundo exterior o la realidad social. El mejor horror literario, desde los albores de la novela gótica prerromántica, siempre tuvo que ver con atmósferas lúgubres, estados de conciencia alterados, perversiones sexuales y sujetos atormentados, decadentes, probablemente insanos, cuyos horrores podían o no relacionarse con las fabricaciones de su mente enferma. Casi todo lo que torturaba a los personajes de Poe era conjetural, elusivo, huidizo. Cuando al lector se le proponía lo sobrenatural como una realidad irrecusable (“Otra Vuelta de Tuerca” de Henry James), siempre se trataba, para los personajes, de una situación personal, inexplicable, sin relación alguna con la esfera social o el “zeitgeist”.

El camino elegido por Mariana Enríquez me parece válido pero no exento de riesgos. La tragedia latinoamericana todavía vende en el mundo desarrollado, pero es un filón que ha sido sobreexplotado y cuya ley es cada vez menor. América Latina es mucho más compleja y paradójica. Concuerdo con el extinto Adolfo Couve en que aún está pendiente la definición, para nosotros y para la tradición occidental, de lo que él denominaba “el Cono Sur”. La tradición cerebral de la literatura en la estela de Borges ya ha sido ensalzada por un crítico de The New Yorker al analizar a Bolaño.

La paleta de Stephen King es mucho más rica de lo que Mariana Enríquez supone. Ignoro si alguien puede jactarse de haber leído sus 60 novelas, pero un indicio de lo que afirmo podemos encontrarlo en la fervorosa dedicatoria de su novela “Revival” a un puñado de escritores extremadamente cercanos a la sensibilidad gótica y el horror mórbido y subjetivo: Mary Shelley, Bram Stoker y H.P.Lovecraft, entre otros. King asegura que ellos le ayudaron a “construir su casa”.

Me agradó encontrar en esa lista a Lovecraft. El autor de “La llamada de Cthulhu” es un caso curioso. Fue un recluso neurasténico y arcaizante, cuya obra (que originó o perfeccionó lo que hoy conocemos como “horror cósmico” y también “weird fiction”) es puramente imaginativa, sin ningún tipo de referencia a la sociedad de su tiempo, que le horrorizaba y evitaba a todo trance. Aceptado lo anterior, resulta cuando menos llamativa la enorme popularidad de que goza Lovecraft en Hispanoamérica. Esta devoción es especialmente notoria en Chile, donde sus libros se venden no solo en librerías, sino también en ferias libres, que ofrecen a lectores de escaso poder adquisitivo ediciones pirata, a menudo artesanales, de las obras más conocidas del norteamericano. Se trata de lectores para los que (al contrario de lo que piensa Mariana Enríquez) el horror es un asunto muy personal.

 

Vivir sin cuestionar(se)

Soy, he sido y seré partidario de la cultura liberal. Es la mejor forma de vida inventada hasta ahora. Pero no me engaño: en su interior hay fuerzas oscuras, contrarias a la libertad que tanto pregona. Por ejemplo, ese monstruo autoritario, implacable, peor que diez tiranos juntos: la corrección política. Hay un puñado de “verdades” liberales que no podemos poner en duda sin pagar un precio muy alto. Como no hay incentivo para el análisis y el debate, quienes asumen el ideario y la forma de vida liberal suelen abstenerse de pensar y cuestionar. Esta inacción dialéctica les hace perder las habilidades intelectuales necesarias para el debate racional, por lo que sólo les queda la violenta descalificación del oponente y, en ocasiones, su proscripción.

Las trampas del discurso digital

En los medios de comunicación se ha abierto camino (y está muy cerca de volverse hegemónico) un discurso duro y excluyente referido a la cultura digital, los nuevos medios y los gadgets. Un discurso que, por si fuera poco, promueve cierta neurosis; después de todo, el mundo digital es cambiante y volátil y la consigna es no quedarse fuera.

Acabo de leer algunos artículos de prensa que aseguran que el libro transmedia es la evolución de la lectura, y que los lectores de hoy piden más que un simple texto. Un blogger se pregunta, de manera vergonzosa, qué alturas habría alcanzado Proust con un soporte de este tipo, abierto a lo audiovisual y a la interacción con los lectores. “¿Viviremos enganchados a una obra toda la vida? Imagina lo que hubiera hecho Marcel Proust obligándote a seguir buscando el tiempo perdido. Otra magdalena, por favor, con vídeo y comentarios.”

Qué asco.

Todo esto no puede ser casual. ¿Está dirigida la prensa, el debate en la red? Bueno, no hay que caer en la paranoia de las teorías conspirativas. Lo cierto es que generaciones completas adhieren sin mayores cuestionamientos a la cultura digital, sus modas y sus imperativos de consumo  Y los fabricantes de software y hardware se frotan las manos, mientras un número importante de valores culturales permanentes son rebajados de manera barbárica y luego descartados como cosas de viejos retrógrados.