El “affaire Sokal” como hito personal

El libro “Imposturas intelectuales” marcó un antes y un después para mí. Una vez que lo terminé, no pude volver a leer sin desconfianza a las “lumbreras francesas” (la frase es de Susan Sontag) de la segunda mitad del siglo XX. Esta desconfianza no es gratuita. Introducirse en un texto de Derrida puede ser efectivamente un martirio, o en el mejor de los casos una experiencia frustrante. Sokal y Bricmont refieren que muchos profesionales y académicos franceses les escribieron para confesarles que habían vivido desde siempre con temor a admitir que no entendían nada al leer, por ejemplo, a  Deleuze o a Lacan (autor que es tildado de charlatán por sus detractores). Ahora bien, más allá del demostrado “carrileo” al meterse en temas de la ciencia dura, lo justo sería, tal vez, leer a estos autores como ensayistas, como literatos, un poco como leemos a Bataille, a Bachelard y, desde luego, a Montaigne. Tal vez así comiencen a recuperar su legitimidad y su encanto.

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