Biografías tramposas

La biografía es un género legítimo pero trivial y dañino. A menudo distorsiona la imagen de biografiado. El género exige, por razones de legibilidad, cargar las tintas (casi siempre de manera freudiana) y transformar en anormalidades psicopáticas inclinaciones inocentes que tal vez no pasan de ser meras excentricidades. En un viejo ejemplar de The Economist leo una reseña de una biografía de Conan Doyle. El articulista lamenta que el libro no consiga reflejar la elusiva personalidad de Doyle, que incluye una fijación con su madre y otras cuestiones que de seguro son puramente circunstanciales. Buñuel explicó en su autobiografía que el sexo perverso y el sadismo (omnipresentes en sus filmes) no lo excitaban, sino que le interesaban intelectualmente. Esa declaración me resulta completamente creíble y propia de una persona sana, con vocación artística e intereses peculiares. Un biógrafo, en cambio, se habría servido de los pasajes más chocantes de sus películas para inferir quién sabe qué parafilias vividas y practicadas en secreto. David Foster Wallace analizó el asunto de manera brillante en una reseña a una biografía de Borges.

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