El fin de la cultura del libro

Este será el año de los tablets, afirma la prensa geek. La consigna, según parece, es matar al iPad. Mientras se desarrolla esta batalla, la industria editorial tiembla. La irrupción del libro digital es una realidad insoslayable. Pero todavía hay demasiadas incógnitas en el aire. La más importante, me imagino, tiene que ver con el lugar que le corresponderá a los e-books en tiempos normales, cuando la agitación del cambio llegue a su fin. ¿Ocuparán un nicho o se transformarán en la forma principal y predominante de publicación, venta y lectura? ¿Sobrevivirán los libros impresos? O, mejor dicho, ¿los dejarán sobrevivir?

En Chile, las librerías de calidad son pocas e inhóspitas; pero en lugares como Nueva York o Buenos Aires perderse en librerías ubérrimas y con olor a café hace que el espíritu sople. Además, es una forma de la felicidad. Ahora bien, en un mundo donde el e-book será el rey, las librerías no virtuales carecerán de sentido. Otro lujo de la civilización que se perderá para siempre. Viviremos en un mundo de textos, no de libros. Textos que perderán una parte de su seducción, porque los libros son objetos bellos y codiciables, gratos a los sentidos, palpables y queribles, y la edición impresa es una puesta en valor, un rescate, una celebración del texto ¿Qué sería de la obra periodística de Joaquín Edwards Bello si sus crónicas no estuvieran siendo amorosamente recopiladas, clasificadas y publicadas –en tapa dura y rústica- por Roberto Merino y la Universidad Diego Portales? Probablemente se las comerían los ratones en un lúgubre subterráneo de la Biblioteca Nacional. Claro, podrían ser digitalizadas y colgadas en un sitio web similar a esas “páginas de autor” que albergan las obras completas de Cervantes, Clarín o Pérez Galdós. Constituirían, sin duda, un fondo inapreciable, pero ¿provocarían la misma curiosidad intelectual y el mismo placer?

La verdad, no estoy optimista. Menos después de leer una entrevista a Peter Olson, ex CEO de Random House y actual académico de Harvard. Increíble: para el tipo, los libros no son importantes, y la cultura del libro es un dato lejano, irrelevante. La prioridad es encontrar un modelo de negocio para los tiempos que vienen. Escuchemos esta perla de sabiduría: “Si los libros desaparecen, nadie los va a echar de menos, excepto las editoriales”.

Tal vez no desaparezcan los libros, pero serán una rareza, “objetos para coleccionistas” como anota Zambra. Su virtud democratizadora desaparecerá junto con la habilidad de leer e interpretar textos largos. El e-book es un objeto secundario, referencial. Para existir, necesita la persistencia de la copia dura; sin ella es una emisión inorgánica. Si el libro físico desaparece, el concepto de libro (y su appeal intelectual) se irá desvaneciendo.

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