Deterioro lingüístico: una enfermedad social

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En Chile hay una grave crisis del lenguaje. Para ser justos, no somos los únicos; se trata de una crisis a escala hispanoamericana. Si no fuera así, Alex Grijelmo, uno de los últimos cruzados de la lengua, no habría escrito esa imprescindible “Defensa Apasionada del Idioma Español”. Allí analiza el problema con ejemplos tomados de la España de hoy, que resultan aplicables a todas las repúblicas latinoamericanas y ciertamente a Chile. Entre muchas otras cosas, el autor describe una cierta actitud descuidada, negligente, irreverente incluso, hacia a la lengua. Uno de los primeros síntomas sería la pérdida de la vergüenza.

En el ancho mundo hispánico, hay cientos de miles -tal vez millones- de personas que no sienten el menos rubor al, por ejemplo, redactar un mail lleno de errores gramaticales y faltas de ortografía. Entre los jóvenes, la pobreza lingüística se esconde tras los imperativos de la tribu, uno de los cuales es la escritura criptográfica y abreviada del chateo en las redes sociales y la mensajería instantánea. Cada vez más populares son los acrónimos de origen anglosajón, que se repiten de manera mecánica y enigmática (“LOL”, por ejemplo, ha llegado a ser casi una palabra más, desvinculada de su significado original: “Laughing Out Loud”. Un artículo de The New Yorker asegura que los acrónimos se han transformado en una exportación no tradicional del gigante del norte).

En Chile, los vicios del lenguaje alcanzan proporciones absurdas. Ignoro si el titular de cierto juzgado de Puerto Montt seguirá rechazando escritos mal redactados. No se trataba de inocentes errores de digitación o de la ausencia de algún un tilde travieso, sino de escribir “taza de interés” por “tasa de interés”, “seda el paso” por “ceda el paso” y (de antología) “mato grosso” por “grosso modo”, entre otras lindezas indignas de profesionales universitarios.

En ámbitos laborales top, puede resultar perdonable que alguien asesine la lengua en un currículum (tal vez ni los mismos examinadores se darán cuenta), pero pronunciar como “sh” la “ch” (porfiada herencia de los andaluces) producirá una eliminación inmediata. Mientras tanto, las capas aspiracionales, en vez de cultivarse y leer buena literatura, se abalanzan a adquirir libros como “Cuicoterapia” de Josefina Reutter, que incluye amplios glosarios de expresiones comunes entre la gente de apellido vinoso, así como repertorios (nunca completos, lamento decirlo) de aquello que debería evitarse a todo trance. Lo curioso es que muchas de las expresiones prohibidas son irreprochables desde el punto de vista gramatical y lexicográfico. (Raúl Ruiz ha observado que en el campo profundo de Chile persiste increíblemente un español bien estructurado e incluso decoroso.)

El deterioro lingüístico es, en el fondo, deterioro del pensamiento, de la cultura, de la civilización. Al analizar la “Historia Augusta”, Marguerite Yourcenar propone que el fin del mundo romano ya estaba anunciado en el lenguaje usado por esos historiadores menores, incompetentes, prejuiciosos y carentes de método. ¿Qué anuncia nuestra actual miseria verbal? Casi da miedo preguntárselo.

El psiquiatra Otto Dörr teme que la cada vez más acentuada coprolalia de la juventud chilena pueda devenir una tara colectiva, definitiva, incluso verificable a nivel neurológico. Algunos lingüistas jóvenes han intentado refutar a Dörr con argumentos contrarios a una visión normativa de la gramática; advierto en esos esfuerzos un intenso olor a ideología y progresismo cultural (y un amor inconfesable a los sociolectos marginales, especialmente el coa).

La farandulización de nuestra cultura es una consecuencia directa de la decadencia lingüística. En Chile, el ciudadano que se expresa bien, que está informado, que conoce el origen y la historia de las cosas y puede citar de vez en cuando un libro o un artículo periodístico, es rotulado de inmediato como “latero” o “siútico”. En la farándula y la tele-realidad, nada de ello se necesita: reírse como idiota y rebuznar algo medianamente inteligible, con los coloquialismos al uso, basta y sobra para hacerse famoso, sin olvidar el poder corrosivo de la injuria, la calumnia y las revelaciones escandalosas.

En la política, la relación con las palabras, sobre todo desde el punto de vista semántico, no pasa por un buen momento. Esta administración ha hecho poco por mejorar las cosas; en efecto, cada cierto tiempo los analistas políticos se ven obligados a realizar verdaderas operaciones cabalísticas para desentrañar el significado de algunas cuñas de la Mandataria (aquello de “Mi primer sentido fue que partamos por la educación pública” ya ostenta la categoría de clásico en la materia).

Pero no nos preocupemos tanto. La mayoría no da un peso por estas sutilezas.

 

 

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Las inciertas fuentes del horror literario

 

 

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Mariana Enríquez, escritora argentina del género de terror

 

A sus 70 años, el corpus narrativo de Stephen King es considerable, casi abrumador: 60 novelas y cientos de cuentos y relatos cortos. Ni siquiera sus problemas de visión lograron afectar su productividad. Su larga relación con Hollywood -que comenzó en 1976 con “Carrie”, dirigida por Brian de Palma- tampoco ha decaído. Al contrario, está mejor que nunca. Este año se estrenó una versión cinematográfica de “The Dark Tower” y una segunda adaptación de “It”. Stephen King también la está rompiendo en el cable y los servicios de streaming, con una serie de 10 capítulos basada en su policial “Mr. Mercedes”, y otra (no muy apreciada por la crítica) inspirada en “Castle Rock”. Y suma y sigue.

Según The Economist, el éxito literario y audiovisual de King es consecuencia directa de su habilidad para identificar las ansiedades colectivas de cada época. “Mr. Mercedes” comienza con un automóvil atropellando a mansalva a una multitud de desempleados que hacen fila frente a una fábrica. Imposible no relacionarlo con el modus operandi de los recientes atentados de Isis en Europa.

Un anclaje aún mayor en la realidad social tienen los relatos de terror de la argentina Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973), discípula confesa de Stephen King. La autora de “Cosas que Perdimos en el Fuego” está en el mejor momento de su carrera. Editada en toda Hispanoamérica por Anagrama, actualmente negocia los derechos de traducción a una veintena de idiomas. Los relatos de Enríquez buscan el escalofrío y el mal en horrores reales, documentados, históricos: la violencia política, la desigualdad económica, las víctimas de las dictaduras, la drogadicción y toda clase de lacras sociales. El horror se confunde con el pesimismo social y la elegía de la eterna decadencia de la república. En “El Chico Sucio”, una joven introvertida de clase media se muda a un viejo caserón en el peligroso conurbano de Buenos Aires. El barrio es un zoológico humano: toxicómanos sin techo inyectándose en plena plaza, y el asalto con violencia y la prostitución callejera a la orden del día. La joven se prenda de un niño vagabundo que malvive en una casucha con su madre adicta y embarazada. Esta lo descuida, y a veces desaparece por varios días. La única redención para estos y otros desposeídos es la religiosidad popular, que se manifiesta principalmente en grutas y animitas. Se las encuentra en cada esquina y son de distinto signo. Algunas, emplazadas en lo más profundo y lúgubre de una estación de trenes abandonada, tienen que ver con divinidades oscuras, malos deseos y cultos secretos vinculados a gente perdida. Una noche, la joven se da cuenta de que el chico ya no está. Encuentra a la madre apoyada en un árbol, inyectándose y sin la panza de embarazada. Es un ser horrible, desnutrido, con las encías sangrantes, un espantapájaros que huele a hambre y a fármacos, “a muerte química”. Pelean, forcejean y la adicta arranca con una agilidad sobrenatural. Antes de perderse en la oscuridad, se vuelve y, bajo la luz malsana de un farol, sonríe horriblemente y declara que entregó a sus hijos ¿A quién, o quiénes?

libro mariana

Mariana Enríquez también reconoce una deuda con la ahora revalorizada Shirley Jackson (1916-1965). En esto la acompaña una decena de autores anglosajones actuales de primera línea, partiendo por Niel Gaiman (“American Gods”) y el mismo Stephen King. En el prólogo de una antología de los mejores cuentos de Jackson, su marido, el crítico Stanley Edgar Hyman, asegura que relatos de enorme repercusión mediática como “The Lottery” no fueron fruto, como se dijo en su momento, de temores irracionales y fantasías neuróticas de su autora, sino el producto tenaz de profundas reflexiones en torno a temas como los campos de concentración, la Guerra Fría y la amenaza nuclear. Si su marido estaba en lo cierto o no, nunca lo sabremos. Shirley Jackson no daba entrevistas, y confiaba en que sus textos hablarían por sí mismos, sin intermediarios, a sucesivas generaciones de lectores. Personalmente, me seduce más la tesis de los temores irracionales y las fantasías neuróticas.

El horror es una experiencia esencialmente subjetiva, individual. Por lo mismo, no tiene, necesariamente, una relación de causalidad con el mundo exterior o la realidad social. El mejor horror literario, desde los albores de la novela gótica prerromántica, siempre tuvo que ver con atmósferas lúgubres, estados de conciencia alterados, perversiones sexuales y sujetos atormentados, decadentes, probablemente insanos, cuyos horrores podían o no relacionarse con las fabricaciones de su mente enferma. Casi todo lo que torturaba a los personajes de Poe era conjetural, elusivo, huidizo. Cuando al lector se le proponía lo sobrenatural como una realidad irrecusable (“Otra Vuelta de Tuerca” de Henry James), siempre se trataba, para los personajes, de una situación personal, inexplicable, sin relación alguna con la esfera social o el “zeitgeist”.

El camino elegido por Mariana Enríquez me parece válido pero no exento de riesgos. La tragedia latinoamericana todavía vende en el mundo desarrollado, pero es un filón que ha sido sobreexplotado y cuya ley es cada vez menor. América Latina es mucho más compleja y paradójica. Concuerdo con el extinto Adolfo Couve en que aún está pendiente la definición, para nosotros y para la tradición occidental, de lo que él denominaba “el Cono Sur”. La tradición cerebral de la literatura en la estela de Borges ya ha sido ensalzada por un crítico de The New Yorker al analizar a Bolaño.

La paleta de Stephen King es mucho más rica de lo que Mariana Enríquez supone. Ignoro si alguien puede jactarse de haber leído sus 60 novelas, pero un indicio de lo que afirmo podemos encontrarlo en la fervorosa dedicatoria de su novela “Revival” a un puñado de escritores extremadamente cercanos a la sensibilidad gótica y el horror mórbido y subjetivo: Mary Shelley, Bram Stoker y H.P.Lovecraft, entre otros. King asegura que ellos le ayudaron a “construir su casa”.

Me agradó encontrar en esa lista a Lovecraft. El autor de “La llamada de Cthulhu” es un caso curioso. Fue un recluso neurasténico y arcaizante, cuya obra (que originó o perfeccionó lo que hoy conocemos como “horror cósmico” y también “weird fiction”) es puramente imaginativa, sin ningún tipo de referencia a la sociedad de su tiempo, que le horrorizaba y evitaba a todo trance. Aceptado lo anterior, resulta cuando menos llamativa la enorme popularidad de que goza Lovecraft en Hispanoamérica. Esta devoción es especialmente notoria en Chile, donde sus libros se venden no solo en librerías, sino también en ferias libres, que ofrecen a lectores de escaso poder adquisitivo ediciones pirata, a menudo artesanales, de las obras más conocidas del norteamericano. Se trata de lectores para los que (al contrario de lo que piensa Mariana Enríquez) el horror es un asunto muy personal.

 

¿Es necesario enseñar código en las escuelas?

En el primer mundo se habla cada vez más de la necesidad de enseñar código en las escuelas. Artículos de prensa y videos subidos a youtube insisten en lo mismo con cierta majadería: no saber código será el analfabetismo del futuro. Todo parte de una cita de Steve Jobs; el visionario creador de Apple dijo en una entrevista que todo el mundo debería aprender a programar su computador porque con ello se adquiere una nueva forma de pensar. Un entusiasta artículo de The Guardian  reconoce que en el futuro no todos los trabajos requerirán conocimientos de código, pero insiste en que lo importante es capacitar a las nuevas generaciones en una “forma de pensar computacional”. ¿Para qué? Para aprender a realizar tareas complejas y encontrar soluciones (como si el ser humano nunca hubiera tenido que hacerlo hasta ahora). O algo así. ¿Estaremos frente a ese “solucionismo” del que habla, con tanta aversión, Morozov? Branson, en su blog, nos entrega algunas perlas de sabiduria: considera inútil la enseñanza del francés, del latín y de la historia.

Hay un claro dogmatismo en todo lo anterior. Y la voluntad de seducir con una idea extrema y sin matices (en un video aparecen tipos como Zuckerberg postulando el imperativo casi moral de aprender código; todo entretejido con atractivas tomas de las oficinas de Facebook, Google, Pixar y otros lugares rabiosamente informales).

Lo digital atraviesa todo, en este tiempo, pero la vida sigue siendo compleja, y una manera informática de pensar no puede ni rascar esa complejidad. El mundo no se inventó ayer y la informática no lo redefine todo. Esa “forma computacional” de pensar incluso puede resultar reduccionista. Se necesitan “muchas formas de pensar”. El editor de Nature abogaba, en un editorial de hace un par de años, por la conveniencia de que en los colegios se enseñe a razonar científicamente. Perfecto, lo compro. Pero, insisto, hay muchas otras formas de pensar. Hay, además, tipos distintos de inteligencia, como lo demuestra con tanta claridad aquel inglés que en una celebrada Ted Talk refería el caso de la coreógrafa de Cats. El sistema educacional debe amoldarse a esos tipos de inteligencia postergados, para que cada alumno alcance todo su potencial.

Existe un fundamentalismo digital, qué duda cabe. Este fenómeno ha sido analizado con gran penetración por tipos como Jaron Lanier. La cultura digital no puede quedar excluida de la crítica. No todo huele bien allí, no todo es beneficioso. Lanier habla, por ejemplo, de la aniquilación de las clases creativas, obligadas, en estos tiempos digitales, a regalar su trabajo. Otro autor explica los peligros del automatismo. Se están estudiando los efectos psicológicos de los dispositivos digitales y cómo ciertas formas de aplicar la tecnología menoscaban la dignidad humana.

La tecnología le ha facilitado las cosas al hombre, pero también lo ha hecho perder habilidades.

Hay muchos sistemas de pensamiento de los que pueden beneficiarse los niños de hoy. La informática es solo uno de ellos. La filosofía es clave, en especial la ética. Todo lo que existe y vive en la sociedad y la cultura tiene una genealogía intelectual y filosófica. Si tuviéramos desarrollada esa habilidad, nos engañarían menos y sabríamos a quienes tenemos delante y cuando tratan de manipularnos para hacernos comprar o votar. El aprendizaje de idiomas obedece a imperativos más elevados que las necesidades laborales. El inglés es obligatorio, pero también hay muchas razones para aprender francés, alemán, italiano, portugués y aun latín y griego. La enseñanza y la reflexión históricas tienen una urgencia que para mí es incontestable. Si no sabemos ni entendemos lo que pasó antes, estamos condenados a repetir todo, en especial los errores.

Vivir sin cuestionar(se)

Soy, he sido y seré partidario de la cultura liberal. Es la mejor forma de vida inventada hasta ahora. Pero no me engaño: en su interior hay fuerzas oscuras, contrarias a la libertad que tanto pregona. Por ejemplo, ese monstruo autoritario, implacable, peor que diez tiranos juntos: la corrección política. Hay un puñado de “verdades” liberales que no podemos poner en duda sin pagar un precio muy alto. Como no hay incentivo para el análisis y el debate, quienes asumen el ideario y la forma de vida liberal suelen abstenerse de pensar y cuestionar. Esta inacción dialéctica les hace perder las habilidades intelectuales necesarias para el debate racional, por lo que sólo les queda la violenta descalificación del oponente y, en ocasiones, su proscripción.

Las trampas del discurso digital

En los medios de comunicación se ha abierto camino (y está muy cerca de volverse hegemónico) un discurso duro y excluyente referido a la cultura digital, los nuevos medios y los gadgets. Un discurso que, por si fuera poco, promueve cierta neurosis; después de todo, el mundo digital es cambiante y volátil y la consigna es no quedarse fuera.

Acabo de leer algunos artículos de prensa que aseguran que el libro transmedia es la evolución de la lectura, y que los lectores de hoy piden más que un simple texto. Un blogger se pregunta, de manera vergonzosa, qué alturas habría alcanzado Proust con un soporte de este tipo, abierto a lo audiovisual y a la interacción con los lectores. “¿Viviremos enganchados a una obra toda la vida? Imagina lo que hubiera hecho Marcel Proust obligándote a seguir buscando el tiempo perdido. Otra magdalena, por favor, con vídeo y comentarios.”

Qué asco.

Todo esto no puede ser casual. ¿Está dirigida la prensa, el debate en la red? Bueno, no hay que caer en la paranoia de las teorías conspirativas. Lo cierto es que generaciones completas adhieren sin mayores cuestionamientos a la cultura digital, sus modas y sus imperativos de consumo  Y los fabricantes de software y hardware se frotan las manos, mientras un número importante de valores culturales permanentes son rebajados de manera barbárica y luego descartados como cosas de viejos retrógrados.

Ser niño para siempre

En más de una oportunidad me ha parecido que la sociedad de consumo descansa, entre otras cosas, sobre la infantilización del individuo. Todo tiene que ser, hoy por hoy, juguetón y llamativo, desde la portada de un libro hasta la interfaz del último sistema operativo, pasando por los codiciados teléfonos inteligentes, iPad, Kindle, etc., que son puro juego. Todo es una invitación a jugar, y al mismo tiempo una incitación al consumo. Lo concreto es que a los hombres nos cuesta cada vez más madurar. Probablemente ya se ha olvidado por completo lo que es un hombre maduro en el sentido tradicional del término. ¿Es deseable, además, ser maduro? Un libro de Gary Cross, “Men to boys”, analiza el fenómeno de manera esclarecedora y con una prosa en extremo agradable. Se puede enriquecer esta lectura con otras del mismo autor – “An All-Consuming Century: Why Commercialism Won in Modern America”, por ejemplo- y algo de Lipovetzki, tal vez su libro sobre el hiperconsumo.

El relámpago literario

Es un error decir a priori que ciertos autores de prestigio escriben literatura y que otros -por ejemplo, los escritores policíacos- redactan meros productos comerciales. La literatura es un hecho, un relámpago, algo -muchas veces inesperado, no buscado conscientemente por el autor- que sucede en un texto, potencialmente en cualquier texto, ensanchando nuestra percepción. El resto es sociología, como lo prueba Pierre Bourdieu, e importará poco a los lectores de raza.