Factores del éxito literario

Ian McEwan, uno de los integrantes más célebres del "dream team" de la narrativa inglesa

Los escritores, en general los intelectuales, están libres de ciertos tipos de escrutinio que podrían serles desfavorables, incluso letales. ¿Quién se ha tomado la molestia de analizar desde el punto de vista mediático y/o sociológico (a la manera de Pierre Bordieu) la carrera y la obra de, por ejemplo, los escritores del dream team de la narrativa inglesa (Ian McEwan, Martin Amis, etc)? ¿Cuántos factores extra literarios participan en una consagración literaria? Por lo general, las clases lectoras, carentes de criterio propio y aun de paladar, aceptan sin reparos cualquier canonización expeditiva. Ian McEwan vino a Chile y en el CEP lo trataron con una veneración y un servilismo vergonzosos. ¿Quién sería el autor de Chesil Beach si no escribiera en inglés? Por otro lado, ¿tendría admiradores en nuestro idioma si no fuera editado por Anagrama, que vende cierto glamour intelectual transferible a los lectores?

Ética y videojuegos

“Si tienes un especial interés por la II guerra mundial o soñaste con vivir en el París de la Ocupación, The Saboteur (para PC, X360 y PS3) es lo más recomendable”, escribe Pablo Illanes en la sección de consumo y cultura de Qué Pasa. La frase refleja a la perfección la frivolidad y la impunidad moral con que opera y prospera la industria del videojuego. En la república del entretenimiento todo vale si es excitante. La historia y sus luctuosos saldos no son más que datos inertes, en extremo útiles, eso sí, para elaborar tramas y narraciones de acción.

En el premiado filme de Kathryn Bigelow sobre la guerra de Irak hay un apunte inquietante al respecto. Después de enterarnos de la dura y algo alienada realidad que viven los miembros de una unidad especializada en desactivación de bombas, vemos a un soldado norteamericano, durante su descanso, disparando en un videojuego bélico. Nada demasiado distinto de lo que, momentos después, vivirá afuera, pero con fusiles reales, explosiones reales y gente real.

El asunto me recordó un artículo que leí meses atrás en la revista Prospect. Planteaba una dicotomía en la sociedad inglesa, que problemente ya existe en todo Occidente. Cito un fragmento clave:

“For over 25 years, perhaps dating back to News International’s acquisition of The Times in 1981, two distinct sensibilities have been competing for authority and attention in Britain: the enlightenment state, and the republic of entertainment. The former reigns in the quality press, the civil service, the judiciary, science, medicine and, to some extent, the church and the military. The latter is most commonly embodied by the mainstream media, but is increasingly apparent in politics and other spheres.

In the enlightenment state, reason triumphs over emotion, experts matter, elected politicians are legitimate, facts are the enemy of cynicism, means are often as important as ends, and the innocent remain so until convicted. In the republic, feelings take precedence, experts are treated with caution (if not contempt), politicians are in-it-for-themselves, cynicism is sophisticated; ends justify means, and people are generally guilty until proved innocent.”

Biografías tramposas

La biografía es un género legítimo pero trivial y dañino. A menudo distorsiona la imagen de biografiado. El género exige, por razones de legibilidad, cargar las tintas (casi siempre de manera freudiana) y transformar en anormalidades psicopáticas inclinaciones inocentes que tal vez no pasan de ser meras excentricidades. En un viejo ejemplar de The Economist leo una reseña de una biografía de Conan Doyle. El articulista lamenta que el libro no consiga reflejar la elusiva personalidad de Doyle, que incluye una fijación con su madre y otras cuestiones que de seguro son puramente circunstanciales. Buñuel explicó en su autobiografía que el sexo perverso y el sadismo (omnipresentes en sus filmes) no lo excitaban, sino que le interesaban intelectualmente. Esa declaración me resulta completamente creíble y propia de una persona sana, con vocación artística e intereses peculiares. Un biógrafo, en cambio, se habría servido de los pasajes más chocantes de sus películas para inferir quién sabe qué parafilias vividas y practicadas en secreto. David Foster Wallace analizó el asunto de manera brillante en una reseña a una biografía de Borges.

Literatura y ética

¿Huele a decadencia la literatura contemporánea? No se trata ya de escribir bien o mal. Se puede aprender a escribir muy buenas novelas (las técnicas flaubertianas se están pudriendo de viejas y evidentes, por mucho que el crítico de The New Yorker crea haberlas redescubierto y reformulado en su de todas maneras delicioso libro sobre los elementos de la ficción).

Pero ¿importa escribir novelas? ¿Importa publicarlas?

En la actualidad se escamotea el elemento ético necesario a toda empresa artística. Se lo puede eludir, pero no sin pagar un precio. Leí hace poco un artículo de un periódico sudafricano en que se explicaba por qué en ese país ha sido tan difícil escribir de otra cosa que no sea el appartheid.

Pienso que los escritores (Vargas Llosa es un buen ejemplo) están obligados a ejercer el periodismo y a hacerse cargo de algún aspecto de la realidad, sin perder el tiempo en “artículos literarios” que al final no significan nada. No es necesario un posicionamiento político; me da lo mismo si un escritor es de izquierda o derecha. En cambio, me importa mucho su posicionamiento moral. Y si pudiera, trataría de averiguar su proceder en las pequeñas y múltiples situaciones de la vida diaria, tan expresivas de lo que uno es en el fondo. ¿Es tacaño? ¿Descuida a su familia? ¿Devuelve la plata que le prestan?

Sin la ética –asunto que preocupó sobremanera a los antiguos y que hoy debe seguir preocupándonos- dejamos de ser humanos. Hay que volver a debatir con Séneca, con Marco Aurelio, con San Agustín. Y tenemos que comprender que la responsabilidad moral es un hecho ineludible, y que nuestros actos y opciones tienen consecuencias de las que debemos hacernos cargo.

Ahora bien, es innegable que los imperativos éticos pueden terminar ahogando a la literatura y en general cualquier expresión artística.

Víctor Farías: un polemista peso pesado

Siempre me he preguntado si vale la pena leer a Víctor Farías. Su estilo de denuncia es muy atractivo, y su prosa me parece correcta y limpia. Desde que se metió con Heiddeger -de quién fue alumno- tiene, sin duda, muchos enemigos; tipos del calado de Rorty y Gadamer (ya fallecidos).

Algunos artículos de prensa suyos con los que me he ido topando me dejan impresiones contradictorias. Uno sobre el colaboracionismo de la DC luego del golpe me parece incontestable. Sus ataques a Salvador Allende, en cambio, se perciben menos consistentes.

Farías es un ratón de archivo (lo digo como un halago), y la mayoría de sus hallazgos provienen de archivos de varios continentes. A veces sus aciertos son enormes, incuestionables; otras veces, a partir de un dato menor o excepcional elabora una teoría completa que puede rozar el absurdo.

Un artículo de Cristián Gazmuri (UC) pondera los aciertos y excesos de “Los nazis en Chile”. Sirve, también, como introducción al autor y lo sitúa en la categoría que le corresponde: la de los polemistas atendibles.

Estoy leyendo con voracidad “Heiddeger y el nazismo”, el libro que lo puso en el mapa mundial. En un post futuro expondré mi parecer.

La falacia de la novela policial como literatura social

Lo fundamental del pensamiento de Borges sobre la novela policial puede encontrarse en tres artículos suyos sobre Chesterton. Definitivamente, Borges aboga por un relato policial casi “metafísico”. Ensalza al razonador puro Auguste Dupin y con algo de dolor desprecia a Sherlock Holmes, que para hacer su trabajo se ve obligado a realizar algunas comprobaciones materiales (huellas, rastros de barro, etc). Más sedentario, Dupin resuelve los misterios fumando pipa frente al fuego.

Es importante citar aquí el pensamiento de Borges, porque la  respetabilidad de la novela policial en los cenáculos hispanoamericanos se debe principalmente a él y a su sidekick Adolfo Bioy Casares. Es importante porque en el último tiempo el fenómeno del policial en español ha ido por otros derroteros, tal vez no los más recomendables: la novela negra entendida como “literatura social”.

La novela negra -con la que muchos hispanoamericanos parecen tener cierta fijación- puede (o no) ser un subgénero: desde el punto de vista comercial, lo fue en sus inicios; la zona de confluencia era la revista Black Mask, que, como ha observado Chandler, exigía seguir una fórmula y abusaba de las portadas escandalosas.

Pero lo que fascina y gana nuevos adeptos hasta hoy es un cierto discurso narrativo que, reconociendo alguna deuda con las novelas del oeste, tuvo precursores en Carrol John Daly y Dashiell Hammet y su culminación en Raymond Chandler. No sé si Chandler quería hacer “literatura social”; mi impresión, al leer su correspondencia, es que, ya cerca de la cincuentena (es decir, antes de debutar como escritor de novelas), solo quería dar salida a su rabia y a su desprecio por ciertos tipos humanos y escribir sin las ridiculeces en que estaba cayendo el policial británico.

Como la de Borges, la voz de Chandler es contagiosa; escucharla condena a la imitación. En Latinoamérica, la propagación del virus ha adquirido proporciones alarmantes. El año pasado leí en JSTOR un artículo en que se reproducía un fragmento de una novela policial, sin mencionar, al principio, título ni autor. Un tipo se despertaba a mediodía con resaca y algunos machucones, y formulaba un par de comentarios ácidos, desengañados, sobre su realidad inmediata. Parecía Chandler, pero en realidad era un autor de Brasil, cuyo nombre he olvidado  (por fortuna no se trataba del entrañable Rubem Fonseca).

Lo que se está escribiendo en Latinoamérica y España sobre el policial parece sugerir que el centro de gravedad del género ha cambiado. Pero no es así. Lo dicho por Borges sigue siendo cierto: la literatura policial es fundementalmente un ejercicio de las literaturas de lengua inglesa. Cuando en los círculos literarios internacionales se habla de “crime fiction” rara vez se sale de los límites del english speaking world.

¿Por qué digo que el policial en español va por derroteros poco recomendables? Por la frecuencia con que se escucha la cantinela de que “la novela negra es la nueva novela social” y que “está siendo usada para investigar la realidad”, entre otros tópicos ya intragables. A los severos autores latinoamericanos les encanta referirse a su trabajo en estos términos, tal vez porque en nuestra área idiomática no existe una verdadera y buena literatura de entretención. Los anglosajones, en cambio, no tienen mayores complejos. John Banville, un premiado y prestigioso autor irlandés de “literatura seria”,  lleva años escribiendo bajo el pseudónimo de Benjamin Black novelas policiales que se venden como pan caliente y además obtienen críticas elogiosas. Su intención no es esconderse, sino  cultivar una personalidad literaria distinta de la principal.

La teoría francesa y sus clones

Después de mucho tiempo, vuelvo al sitio canadiense CTHEORY, al que alguna vez estuve suscrito y en el que, años atrás, leí por primera vez a Baudrillard. Como era esperable, ahora es un portal más completo y complejo. Toda esta fiesta teórica de inspiración francesa parece muy de punta, incluso anticipatoria, pero es una anticipación de los años ochenta, demodé, traspasada de ciberpunk, del mejor ciberpunk en todo caso, el de William Gibson y su Neuromante. Además, está el affaire Sokal, al que me he referido en otro post.

Con todo, los textos archivados en el sitio aún me parecen estimulantes. Tengo que admitir que me he reconciliado, en parte, con la teoría francesa y sus clones. La descalificación total es una ingenuidad, un error de perspectiva. Simplemente hay que situar la cuestión en el terreno que corresponde –la larga tradición del ensayo francés y la poco afortunada influencia de Heidegger- y buscar algunas claves culturales que arrojen luz sobre el asunto (por ejemplo, lo que explica Jean-Francois Revel sobre los filósofos “vividores” en contraposición con sus predecesores, de costumbres monacales; el origen y método de terminologías francamente estúpidas como la “realidad lenticular” de los filmes cuando finalmente son proyectados; el gusto francés por las abstracciones evanescentes, señalado por Alone en unos visionarios apuntes sobre Proust; cierto comentario del periodista galo Jean-Francois Fogel sobre una reciente polémica filosófica, al parecer ociosa, que concluyó que el erotismo había sido reemplazado, tal vez aniquilado, por el deseo; una poco entusiasta observación de Bioy Casares sobre Roland Barthes).